El policía es etimológicamente la persona encargada de cuidar la ciudad, a él le hemos delegado esta tarea, sin embargo sabemos en sentido amplio que todos los ciudadanos de una nación somos en esencia cuidadores del país en donde desarrollamos nuestro existir. Aristóteles y su filosofía política han ayudado enormemente a entender la esencia de la política y su fines, hoy cada día más desacreditados por una clase política nacional hambrienta de llevar a cabo intereses particulares asociados a los grandes capitales transnacionales que cercanos a la voluntad general del pueblo.
El mismo filósofo menciona que (Aristóteles, 2000) “La política se sirve de las demás ciencias y legisla sobre lo que debe hacerse y lo que debe evitarse, el fin que le es propio abraza los de las otras ciencias, al punto de ser por excelencia el bien humano. Asentamos pues que el fin de la política es el bien supremo; ahora bien la política pone su mayor cuidado en hacer a los ciudadanos de tal condición que sean buenos y obradores de buenas acciones” (Pág. 3.12).
De tal manera que siempre que un ciudadano juzga a un político o a la política, se encuentra detrás esta idea o prejuicio aristotélico que entiende al político y a la política como la encargada de garantizar el bien común, y por lo tanto la felicidad humana. De ahí que el político tenga que ser una persona con sabiduría, que su conocimiento este probado con su vida misma. Debe ser una persona que tenga la capacidad de confrontarse con la experiencia cotidiana del paso del tiempo. Que pueda verse de frente a la historia.
Esto conduce a entender que el fin de la política no debe estar alejado de las necesidades de la gente común. Queja incesante en las poblaciones latinoamericanas, que siendo concientes de la riqueza humana y material de sus naciones, no comprenden el estado de extrema polarización de la miseria y la riqueza en sus tierras.
En este sentido Aristóteles (2000) nos ha legado toda una doctrina que nos invita a ser verdaderos hombres de Estado, verdaderos ciudadanos que “Han de ocuparse de la virtud más que de otra cosa alguna, desde el momento que quiere hacer de sus conciudadanos hombres de bien y obedientes de las leyes. Y por virtud humana entendemos no la del cuerpo, sino la del alma, y por felicidad una actividad del alma. Si todo ello es así es menester que el político posea algún saber de las cosas del alma. Es preciso que el político estudie lo relativo al alma, más que lo estudie por razón de las virtudes y no más de lo que sea menester para nuestra actual investigación” (Pág.15).
Es decir, poner el acento en la consecución de la felicidad como un estado humano donde se desarrollan plenamente todas las facultades humanas, donde se saca lo mejor de cada hombre en sintonía con sus semejantes. Gran utopía nos lega Aristóteles (2000), afirmando que “Mas para las obras de la virtud no es suficiente que los actos sean tales o cuales para que puedan decidirse ejecutados con justicia o con templanza, sino que es menester que el agente actúe con disposición análoga, y lo primero de todo que sea consciente de ella; luego, que proceda con elección y que su elección sea en consideración a tales actos, y en tercer lugar, que actúe con animo firme e inconmovible” (Pág.21).
En verdad que este pensador acertó en demasía al poner el acento en la preocupación humana de la felicidad como factor trascendente en la organización de cualquier sociedad que pretenda responder a los retos humanos más importantes de la vida.
miércoles, 8 de abril de 2009
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