miércoles, 8 de abril de 2009

Ambivalencia de la cultura

La realidad humana es histórica, por lo tanto es abierta, indeterminada y ambigua. Puede facilitar la reconstrucción del sentido de la vida humana o volverse contra ella, adquiriendo un deshumanizante carácter necrófilo. Todo depende de hacia dónde se encamine la dinámica del poder que se dé en su seno. Si es hacia el poder-capacidad, engendrará una autoridad democrática y relacional que vea al individuo desde su humanidad como fin. Y si es hacia el poder-dominio, se apoyará en la asimetría entre quienes poseen el poder y quienes carecen de él. Lo interesante aquí es detectar qué dinámica cultural de poder se está dando en nuestra contemporaneidad. Si resulta que es una dinámica de dominio que se hace explícita a través de un lenguaje de destructividad se tiene que apostar, no por una sociedad sin poder, ya que ésta es algo intrínseco a humano, sino por el desarrollo de un individuo solidario y dialógico cuyas principales características tendrán que ser una concepción afirmativa de la vida digna y capacidad para participar activamente en las instituciones democráticas del poder político. Sólo así se podrá superar la concepción de un sujeto, totalmente preso las redes del poder. Estamos, pues, obligados a rediseñar modos más humanizantes de resolver los conflictos de poder.
Sin embargo este proyecto debe tomar en cuenta la evolución de la historia humana en cuyo seno se dan ideas incorrectas sobre los procesos de cambio que ha sufrido. Concretamente se debe pasar a revisión exhaustiva el concepto de progreso. Si bien, no hay que caer en una posición antiprogresista, tampoco se puede reafirmar una posición que lo entienda como tapadera de multitud de sacrificios exigidos en nombre de un futuro que nunca llega. Debe más bien, surgir una concepción de progreso más cercana a las condiciones reales de la existencia humana y a su ideal enmancipatorio por una vida digna que sea capaz de ver el rostro humano de los otros, escuchar su palabra, reducida al silencio bajo la presión del dominio. Esta concepción debe cimentarse en el diálogo, la responsabilidad y la solidaridad con pretensiones de universalidad transcultural que rescate y exija lo sagrado que existe en cada individuo contra toda barbarie que profane esta sacralidad humana.

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