sábado, 18 de abril de 2009
Bentham, John Stuart Mill, la felicidad y el utilitarismo.
Esta postura utilitarista de la acción moral como medio para evaluar el comportamiento tiene su origen en dos pensadores ingleses que trataron de romper la moralidad basada en los deberes y llegar a una moralidad basada en la consecución de la felicidad humana. Así Bentham propone una moral cuyo único criterio racional y consistente para evaluar las acciones sea las consecuencias placenteras o dolorosas, volviendo así a la posición epicureista de la época antigua que regía el actuar por la obtención del placer y la alejamiento del dolor.
Este pensamiento tiene su eco muy sonoro en la forma en la que hoy el hombre común evalúa su éxito personal. Lo hace a través de las consecuencias que le den o le resten placer, un placer muchas veces egoísta. Actuar totalmente alejado de las posturas originarias de los pensadores ingleses.
Mill (1980) al presentar su sistema ético afirma “Pero no es en modo alguno una condición indispensable para la aceptación del criterio utilitarista; porque no es ese criterio la mayor felicidad del propio agente, sino la mayor cantidad de felicidad general; y si puede dudarse de que un carácter noble sea siempre más feliz por su nobleza, no cabe duda de que hace más felices a los demás, y que el mundo en general gana inmensamente con ello. El utilitarismo, por tanto, sólo podría alcanzar su fin con el cultivo general de la nobleza de carácter, si cada individuo se beneficiara solamente de la nobleza de los otros, y la suya propia, en lo que a la felicidad concierne, fuera una pura consecuencia del beneficio. Pero la simple enunciación de un absurdo como éste hace superflua su refutación” (Pág.35).
En este texto se muestra la intención originaria de estos pensadores que en ningún momento perdieron de vista el hecho de que, la felicidad humana individual no puede estar separada de la felicidad comunitaria como hoy comúnmente sucede y como lo muestran las estadísticas indignantes que dejan ver la enorme polarización en el reparto de las riquezas y el aprovechamiento del tan aplaudido “progreso humano”.
Su postura, es pues, una postura incluyente que afirma la íntima unión del individuo atomizado con el resto de la sociedad. La felicidad no se puede desde esta perspectiva entender como algo egoísta, como un sentimiento privado alejado de los demás, sino más bien como entrega, como servicio, y como tranquilidad y estímulo.
Mill (1980) lo aclara diciendo “Se debe toda clase de honores a aquel que puede renunciar al goce personal de la vida, cuando con su renunciación contribuye dignamente a aumentar la felicidad del mundo. Pero el que lo hace, o pretende hacerlo, con otro fin, no merece más admiración que el asceta que está en el altar. Esta, quizá sea una alentadora prueba de lo que los hombres pueden hacer; pero, con toda seguridad, no es un ejemplo de lo que debieran hacer. Sólo un estado imperfecto del mundo es causa de que el mejor modo de servir a los demás sea la renunciación a la propia felicidad. Pero reconozco que mientras el mundo sea imperfecto no podrá encontrarse en el hombre una virtud más elevada que la disposición a hacer tal sacrificio. Y, por paradójico que sea, añadiré que la capacidad de obrar conscientemente sin pretender ser feliz, es el mejor procedimiento para alcanzar en lo posible la felicidad. Porque nada, excepto esa conciencia, puede elevar a una persona por encima de las vicisitudes de la vida, haciéndole sentir que, por adversos que le sean el hado o la fortuna, no tienen el poder de sojuzgarla” (Pág. 42).
Profesión, vocación y virtudes
1. Frente a una visión meramente mercantilista de la profesión que reduce la misma a la productividad material, Aristóteles considera a la profesión como un llamado (vocación) a realizar una actividad virtuosa que se inserta a lo largo de la vida entera. Cuya realización tiene que ser adecuada con un ideal de felicidad resultante del cultivo de disposiciones y hábitos de conducta coherentes con ese mismo ideal. 2. Toda profesión vista desde la teoría de las virtudes es la felicidad realizándose, aquí y ahora, mientras que en la postura mercantilista la profesión se concibe de manera generalizada como un medio de ingreso económico y de consumo que asegurará un futuro “digno y feliz”, desde el cual se mide la grandeza o pequeñez del individuo. 3. Una profesión vivida desde la virtud no se instala en el reino de la obligación (estudio ingeniería aunque no me guste, pero es lo que deja dinero) sino en el del deseo de realizarse (esto me hace feliz), lo cual libera al ser humano de esa carga pesada de la imposición. Para ello, obviamente se tienen que dar primeramente un escenario público equitativo y sustentable que asegura el espacio necesario para que todas las personas desarrollen sus capacidades fundamentales para la realización integral de su ser.
Ahora bien, desde esta perspectiva, toda profesión debe centrarse en el desarrollo de actitudes vitales que el profesional debe considerar en relación habitual con su actividad. En el caso propio, como educador y a la luz de Paulo Freire (1993) considero fundamentales las siguientes virtudes:
1. Humildad: Para reconocer que nadie lo sabe todo, pero también que nadie lo ignora todo. Sin humildad difícilmente se escuchará a alguien al que se considera menos competente. Sólo es posible superar los prejuicios hacia el otro con una postura humilde que impide la minimización y la humillación, pero también la arrogancia. Siendo humilde se está siempre abierto a aprender y enseñar y convivir. 2. Amor y Valentía: Sin las cuales todo pierde sentido. Amar al alumno, pero también al propio proceso de enseñanza. Valentía para superar el miedo a amar, a luchar al lado del alumno contra las injusticias del poder dominante. Amor y Valentía para tratar de ser muy claros en nuestras opciones y sueños como educadores, que implican acciones decididas y pensamiento crítico. 3. Tolerancia: Sin ella es imposible el trabajo educativo participativo. Nos enseña a convivir, aprender y respetar lo diferente. Pero también a no encubrir lo intolerable. A no aceptar un clima de irresponsabilidad en cual no se convive armónicamente. 4. Alegría de vivir: Desde la cual el educador se entrega libremente y por completo, sin esconder razones para la tristeza en la vida. Alegría para superar todos los obstáculos, incoherencias que presenta la aventura que es la escuela donde se piensa, se vive, se actúa y se sueña un mundo equitativo, solidario y tolerante. Donde las personas se reconozcan esencialmente como humanos y accidentalmente como patrióticos y raciales.
miércoles, 8 de abril de 2009
Nicolás Maquiavelo: fines y medios del poder
Si bien se tienen innumerables ejemplos de solidaridad, de generosidad humana y de trabajo en equipo que han logrado inclusive salvar a la especie, como en tiempos de la prehistoria donde más que la fuerza del más apto fue el que mejor se organizó lo que provocó la sobrevivencia del homo sapiens. Los libros de historia, y la memoria de los hombres no dejan de recordar que las guerras, y las batallas por el dominio de una tierra ajena, y de una riqueza que no se trabajó personalmente, han sido una realidad muy asidua.
En este contexto aparece Nicolás Maquiavelo, un hombre de Florencia, que tuvo el genio de interpretar no el deber ser de la política de su tiempo, del cual él era conciente y conocedor por su gran acervo cultural y su probada virtud hacia su pueblo, sino sobre todo el ser mismo, la realidad que nos trasgrede, que se mete por los ojos y rompe los esquemas de la planeación estratégica.
Su legado ha sido duramente criticado a lo largo de los siglos, como inmoral y contrario a toda virtud, y sin duda se puede leer en esa clave ya que como él mismo lo dice (Maquivelo, 2003) “Pero siendo mi propósito escribir cosa útil para quien la entiende, me ha parecido más conveniente ir tras la verdad efectiva de la cosa que tras su apariencia. Porque muchos se han imaginado como existentes de veras a repúblicas y principados que nunca han sido vistos ni conocidos; porque hay tanta diferencia entre cómo se vive y cómo se debería vivir, que aquel que deja lo que se hace por lo que debería hacerse marcha a su ruina en vez de beneficiarse; pues un hombre que en todas partes quiera hacer profesión de bueno es inevitable que se pierda entre tantos que no lo son. Por lo cual es necesario que todo príncipe que quiera mantenerse aprenda a no ser bueno, y a practicarlo o no de acuerdo con la necesidad” (Pág. 125).
Esta afirmación implica una lectura sobre la realidad cruda y sin máscaras, donde queda atrás la búsqueda del deber, de la verdad absoluta, de la felicidad armónica, de las leyes eternas, entra en el escenario lo que ya los sofistas anunciaban, el reino de lo real, de la necesidad, del hecho de facto. Todo se relativiza ante la fuerza de lo necesario que determina lo práctico y lo útil. Es bueno ser bueno, pero es aun mejor que se necesite o se aparente serlo según Maquivelo. Lo cual nos introduce directamente en una visión negativa del hombre, de su proyecto de vida, de su actuar. Una visión negativa que llena de desesperanza, de preocupación por el futuro ante el hombre que según Maquiavelo (2003) es de naturaleza tal que “El ansia de conquista es, sin duda, un sentimiento muy natural y común, y siempre que lo hagan los que pueden, antes serán alabados que censurados; pero cuando intentan hacerlo a toda costa los que no pueden, la censura es lícita” (Pág. 3).
Es inevitable encontrar esta postura en Maquiavelo pero también es inevitable no ver esta realidad que si bien no es lo que define a la especie, si la distingue de las demás que solo hacen la guerra por la sobrevivencia y no por el poder y el dominio mismo.
Es así que a través de este autor se puede encontrar las claves para entender y lograr el poder, para hacerse de él, quitándoselos a los otros. Su influencia desgraciadamente ha ido más en la línea de estratega militar sin escrúpulos, y más allá del bien y del mal, que como el gran negociador y amante de su pueblo y cultura que fue.
Sus frases repelentes ante lo humano y lo virtuoso salen al encuentro de la lectura de sus libros donde afirma: (Maquiavelo 2003) “Sé que no habría nadie que no opinase que sería cosa muy loable que, de entre todas las cualidades nombradas, un príncipe poseyese las que son consideradas buenas; pero como no es posible poseerlas todas, ni observarlas siempre, porque la naturaleza humana no lo consiente, le es preciso ser tan cuerdo que sepa evitar la vergüenza de aquellas que le significarían la pérdida del Estado, y, si puede, aun de las que no se lo harían perder; pero si no puede no debe preocuparse gran cosa, y mucho menos de incurrir en la infamia de vicios sin los cuales difícilmente podría salvar el Estado, porque si consideramos esto con frialdad, hallaremos que, a veces, lo que parece virtud es causa de ruina, y lo que parece vicio sólo acaba por traer el bienestar y la seguridad” (Pág. 126).
Y además aconseja que (Maquiavelo 2003): “un príncipe no debe preocuparse porque lo acusen de cruel, siempre y cuando su crueldad tenga por objeto el mantener unidos y fíeles a los súbditos; porque con pocos castigos ejemplares será más clemente que aquellos que, por excesiva clemencia, dejan multiplicar los desórdenes, causa de matanzas y saqueos que perjudican a toda una población, mientras que las medidas extremas adoptadas por el príncipe sólo van en contra de uno” (131).
Estas afirmaciones traen como colación la interminable discusión sobre los fines y los medios. ¿Es legítimo que un fin positivo se sirva de medios malos para lograrlo? o ¿es legítimo que medios buenos sirvan a fines malos? Parece que para Maquiavelo esto está resuelto, no importan los medios, solo los fines, se debe actuar en base a fines y no a medios. Doctrina rechazada por muchos, pero aceptada por aquellos que sin importar que consecuencias tengan sus actos tienen resuelto a como de lugar la consecución de la meta que se plantearon.
Aristóteles, la felicidad y la política
El mismo filósofo menciona que (Aristóteles, 2000) “La política se sirve de las demás ciencias y legisla sobre lo que debe hacerse y lo que debe evitarse, el fin que le es propio abraza los de las otras ciencias, al punto de ser por excelencia el bien humano. Asentamos pues que el fin de la política es el bien supremo; ahora bien la política pone su mayor cuidado en hacer a los ciudadanos de tal condición que sean buenos y obradores de buenas acciones” (Pág. 3.12).
De tal manera que siempre que un ciudadano juzga a un político o a la política, se encuentra detrás esta idea o prejuicio aristotélico que entiende al político y a la política como la encargada de garantizar el bien común, y por lo tanto la felicidad humana. De ahí que el político tenga que ser una persona con sabiduría, que su conocimiento este probado con su vida misma. Debe ser una persona que tenga la capacidad de confrontarse con la experiencia cotidiana del paso del tiempo. Que pueda verse de frente a la historia.
Esto conduce a entender que el fin de la política no debe estar alejado de las necesidades de la gente común. Queja incesante en las poblaciones latinoamericanas, que siendo concientes de la riqueza humana y material de sus naciones, no comprenden el estado de extrema polarización de la miseria y la riqueza en sus tierras.
En este sentido Aristóteles (2000) nos ha legado toda una doctrina que nos invita a ser verdaderos hombres de Estado, verdaderos ciudadanos que “Han de ocuparse de la virtud más que de otra cosa alguna, desde el momento que quiere hacer de sus conciudadanos hombres de bien y obedientes de las leyes. Y por virtud humana entendemos no la del cuerpo, sino la del alma, y por felicidad una actividad del alma. Si todo ello es así es menester que el político posea algún saber de las cosas del alma. Es preciso que el político estudie lo relativo al alma, más que lo estudie por razón de las virtudes y no más de lo que sea menester para nuestra actual investigación” (Pág.15).
Es decir, poner el acento en la consecución de la felicidad como un estado humano donde se desarrollan plenamente todas las facultades humanas, donde se saca lo mejor de cada hombre en sintonía con sus semejantes. Gran utopía nos lega Aristóteles (2000), afirmando que “Mas para las obras de la virtud no es suficiente que los actos sean tales o cuales para que puedan decidirse ejecutados con justicia o con templanza, sino que es menester que el agente actúe con disposición análoga, y lo primero de todo que sea consciente de ella; luego, que proceda con elección y que su elección sea en consideración a tales actos, y en tercer lugar, que actúe con animo firme e inconmovible” (Pág.21).
En verdad que este pensador acertó en demasía al poner el acento en la preocupación humana de la felicidad como factor trascendente en la organización de cualquier sociedad que pretenda responder a los retos humanos más importantes de la vida.
Ambivalencia de la cultura
Sin embargo este proyecto debe tomar en cuenta la evolución de la historia humana en cuyo seno se dan ideas incorrectas sobre los procesos de cambio que ha sufrido. Concretamente se debe pasar a revisión exhaustiva el concepto de progreso. Si bien, no hay que caer en una posición antiprogresista, tampoco se puede reafirmar una posición que lo entienda como tapadera de multitud de sacrificios exigidos en nombre de un futuro que nunca llega. Debe más bien, surgir una concepción de progreso más cercana a las condiciones reales de la existencia humana y a su ideal enmancipatorio por una vida digna que sea capaz de ver el rostro humano de los otros, escuchar su palabra, reducida al silencio bajo la presión del dominio. Esta concepción debe cimentarse en el diálogo, la responsabilidad y la solidaridad con pretensiones de universalidad transcultural que rescate y exija lo sagrado que existe en cada individuo contra toda barbarie que profane esta sacralidad humana.
viernes, 3 de abril de 2009
El retorno a la caverna de Platón, entre la ficción y la realidad
Las sociedades complejas resultantes del capitalismo adquieren debido a la omnipresencia de lo visual y la mediatización (pantallización) de la vida, las características de una ficción. Ésta sólo es reconocible si somos capaces de establecer la distinción entre lo que es real de lo que es sueño, fantasía o ficción. La situación se complica aun más con el emerger de lo virtual como representación electrónica de la vida a través de sofisticados sistemas de simuladores (Romero, 2003:48.49). Mediante el análisis de algunos diálogos sobre la consistencia de lo real en la película “The Matrix” y su confrontación con la escuelas de conocimiento tradicionales, se hará una reflexión en torno a la interacción del hombre como sujeto cognoscente con este nuevo entorno a la vez creado y creador de significación.
Dentro de la historia de la filosofía es común hacer alusión al mito de la Caverna de Platón[1]. Esta alegoría se ha vuelto piedra de apoyo para todo aquél que denuncia la manipulación de la realidad. Así lo expresa Morfeo uno de los personajes de The Matrix ante la pregunta expresa de Neo:
NEO/ ¿Qué es Matrix?/ MORFEO/Control. Matrix es un mundo imaginario generado por ordenador. Construido para mantenernos bajo control y convertir a un ser humano en esto. \NEO ¡No! No me lo creo. No es posible. \\MORFEO\ No te dije que sería fácil, Neo. Te dije que sería la verdad.
Denunciar este mundo imaginario supone una serie de afirmaciones: Primero, que la realidad existe independientemente de nuestra conciencia, es decir que las cosas tienen un “acto propio de existencia que los sitúa fuera de la nada” y que además en contra de todo escepticismo afirmamos nuestra capacidad ya sea para “concluirla, concebirla o percibirla” (Verneaux, 1994:91). Sin embargo, este diálogo también lleva implícito el hecho de que esta realidad puede ser ocultada a pesar de la experiencia percibida por nuestros sentidos:
SMITH / ¿Tenemos un acuerdo señor Reagan? CIFRA\ Sabes, sé que este filete no existe. Sé que cuando me lo meto en la boca/ es Matrix la que le está diciendo a mi cerebro/ Es bueno/ y supongo/ Después de nueve años/ ¿sabes de qué me doy cuenta? La ignorancia es la felicidad.
De aquí la necesidad cartesiana que implica “rechazar todas las certezas que se puedan haber adquirido sobre todo las fundadas en los datos de los sentidos. Sólo se debe aceptar la existencia del mundo, si es demostrada” (Verneaux, 1994:69). Ahora bien, si la existencia pasa por la demostración racional, se hace necesario saber si lo existente depende exclusivamente de lo racional, es decir si “la verdad consiste en ser pensada”, minimizando el papel de los sentidos.
Pareciera pues, que lo aparentemente más común de la vida (lo que vivimos es real) se volviera de repente un dolor de cabeza. Una especie de guerra sin esperanza frente a un enemigo poderoso que posee la capacidad de esclavizarnos, haciéndonos creer en unas supuestas libertad y autonomía ilimitadas, que resultan ser solamente un ejercicio irrisorio sobre si debe escoger al títere de la derecha o al de la izquierda. Así lo expresa el siguiente diálogo de la película:
\\MORFEO\ ¿Qué es "real"? ¿De qué modo definirías "real"?. Si te refieres a lo que puedes sentir a lo que puedes oler, a lo que puedes saborear y ver, entonces el término "real" son señales eléctricas interpretadas por tu cerebro. Este es el mundo que tú conoces. El mundo tal y como era a finales del siglo veinte. Ahora sólo existe como parte de una simulación interactiva neural que llamamos Matrix. Has vivido en un mundo imaginario, Neo. Este es el mundo como es, en la actualidad. Bienvenido al "desierto de lo real"
¿Es lo real entonces un desierto, una especie de sentimiento árido producido por una lucidez dolorosa? Algo es seguro, el conocimiento de la realidad no puede ser producto de una sola de nuestras capacidades, las implica todas, el percibir, el abstraer, el construir y sobre todo el compartir y confrontar la inmensa riqueza de nuestra existencia personal y social. Podemos concluir afirmando que en medio de un entorno cultural cada vez menos personalista “el conocimiento construido a partir de la interacción con los objetos virtuales obliga a un compromiso que puede dejar expectante al sujeto, sino que, por el contrario, convoca a la creatividad, a la dinámica de la reedificación de ambas partes, del sujeto y del objeto” (Romero, 2003:54).
MORFEO/Tienes la mirada de un hombre que no acepta lo que ve, porque espera despertarse/ Irónicamente, no dista mucho de la realidad. ¿Crees en el destino, Neo? \\NEO\ No. \\MORFEO\ ¿Por qué no? \\NEO\ No me gusta la idea de no ser yo el que controle mi vida.
Bibliografía:
Verneaux, R. (1994) Epistemología general o critica del conocimiento. Barcelona: Herder.
Romero, Morett, Miguel A. (2003, Mayo-Agosto). La construcción del conocimiento en la realidad virtual. Revista de la Univa, No. 46, Págs., 47-54.
Irving, William (Eds.) (2002). The Matrix and philosophy. Chicago: Open Court.
[1] Platón compara nuestra naturaleza dentro de una morada subterránea en forma de caverna, con la entrada abierta a la luz y tan amplia como entera anchura de la caverna, a unos hombres que están allí desde niños, encadenados de pies y cuello y obligados a permanecer detenidos y a mirar sólo hacia delante, incapaces a causa de la cadena, de girar la cabeza y darse cuenta del engaño.
El mensaje social de Jesús
La muerte de Jesús en la cruz lejos de ser un evento espiritual es el resultado de una vida realizada en clave de compromiso y responsabilidad. Los evangelios están llenos de pasajes donde Jesús no solamente acompaña en su transitar al empobrecido, sino también abundan episodios donde riñe a la estructura que empobrece y margina. Su compromiso de amor sigue estas dos vertientes: hay que amar a la persona, pero también evidenciar y cambiar las estructuras que lo oprimen y le impiden ser persona.
Este binomio inseparable persona-estructura hizo de Jesús una amenaza para el modelo de sociedad de su tiempo (¿no será acaso también para el nuestro?) que irremediablemente lo condenó a muerte. Si únicamente se hubiera dedicado a acompañar y servir al empobrecido los resultados podrían haber sido:
a) La cruz no habría sido una opción; b) su actuar con seguridad hubiera sido financiado como cualquier otro proyecto comunitario asistencialista que tanto agrada al capitalismo porque se responsabiliza de los desechos que genera (entiéndase por desechos a los desempleados, enfermos, familias fragmentadas, etc.) y finalmente c) hoy tendríamos como herencia, más que una opción preferencial por el empobrecido de carácter profético (La Iglesia como pueblo de Dios) un club altruista con urgencia mediática (Vamos México, Teletón, etc.).
En base a esta realidad los cristianos no debemos ser parte de un pensamiento difundido ampliamente por los modelos empresariales donde se repite hasta el cansancio que dejemos de un lado la crítica social para concentrarnos en las habilidades personales (la verdad como repetición y no como congruencia). “Deja de quejarte y ponte a trabajar” es el lema de quien desconoce que muchos de los derechos que hoy se gozan han sido producto de las conquistas de grupos de personas que como Jesús se han ocupado de las estructuras que oprimen a las personas.
Este darwinismo social (sólo los fuertes sobreviven) está generando la pérdida de los espacios públicos (kioscos, parques, explanadas, etc.) donde antaño se generaban los encuentros que conducían a los conocimientos, los cuales, a su vez generan compromisos. “Nadie defiende lo que no ama, y nadie ama lo que no conoce”. Por esto, hoy más que nunca debemos continuar la cruzada en rescate de lo público, a través de proyectos comunitarios donde se comparta la historia personal en forma de cursos de verano, de escuelas de refuerzo, de grupos de confección, lectura, etc. y a partir de ahí construyamos una globalización incluyente y equitativa, basada en la mirada que acoge, la mano que ayuda, y los pasos que se acompañan. “Piensa global y actúa local” reza uno de los lemas de quienes sueñan y construyen un mundo más humano que favorezca espacios de desarrollo integral donde los privilegios generan obligaciones y las obligaciones se traducen en derechos que producen satisfacción.

